lunes, 4 de abril de 2011

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Mi padre, Maestro Domingo, o Domingo Hernández Domínguez, era un hombre enciclopédico. Sabía de todo. Pero vivió en el tiempo y lugar equivocados. Lo mucho que sabía (o casi todo), desde canto gregoriano a metafísica, desde latín a navegación marítima, desde música a tipografía, desde religión a geografía, lo había aprendido en el seminario, fingiendo que estudiaba para sacerdote. De mi abuelo Antonio heredó el carácter severo y exigente, la profesión de sochantre, y una parte de la zapatería familiar. La dictadura franquista lo trató bien, pero le pagó mal. Entre una cosa y la otra su vida transcurrió por tres caminos paralelos: el de hacer y remendar zapatos, el de la Iglesia, y el de la función pública. Cuando esos caminos se cerraban de alguna forma, o durante algún tiempo, Maestro Domingo se deprimía bastante y se dedicaba a querer a Pirracas, su perro fiel. Pero -cosa rara- nunca emigró. Nunca tuvo el coraje de emigrar, como emigraban a miles los muchos canarios en apuros. La zapatería no era el mejor negocio del mundo, pero a veces daba para comer, y además tenía un cierto encanto de cosa exótica, o tal vez bohemia. Los zapateros no trabajaban los lunes porque se emborrachaban los fines de semana; eran gente temida porque permanecían sentados, sin dejar de pensar; entendían de música y amaban la música; y, como ya se habían dicho todo lo que podían y tenían que decirse, hablaban por hablar de las cosas más disparatadas (amanecer millonarios, tener una amante en París, vivir en un yate de cincuenta metros, contraer matrimonio con la reina de Inglaterra) o le daban a la lengua simplemente para no quedarse callados y correr el riesgo de olvidarse de sus propias voces. En ese caso no tenían que recurrir a la imaginación, ni se sentían obligados a repetir palabras conocidas o reconocidas. Podían entretenerse de la mañana a la noche improvisando extraños alegatos, intencionados o no: paropatun-tentruda-enaculante-peripinta-enólica-ferpídica-esterínida-pompatunáltica-fumídica; calumo-omeroso-perompudo-ensenonte-calímico-putentrídico. O podían -cuando además se les acababan los sonidos- recurrir a señales mudas: a una especie de mímica de los ojos, de los dedos, o de la nariz. Tal vez por todo eso, o por lo que fuera o fuese, mi tío Rodolfo (que era manco y cojo) se apoderó por completo de la zapatería, dejando a mi padre en la calle, sin asiento y sin cartera. Domingo Hernández Domínguez tuvo que someterse más que nunca a las miserias de la Iglesia Católica, que conocía bien por dentro y por fuera, y a las maldades del cura párroco que lo humillaba. Para no suicidarse, y como si se agarrara al borde de un precipicio, estableció una discreta relación con los poderes locales de la dictadura. Con aquello no ganaba ni mucho ni poco, pero al menos encontraba alguna seguridad actuando como director de la Banda de Música, o como fiscal interino, o como juez de paz, o como depositario del ayuntamiento. Hasta que, con el tiempo, y con mucho sufrimiento y mucha paciencia, consiguió un buen empleo en Correos, que defendió con uñas y dientes hasta que se jubiló con todas las de la ley.