lunes, 4 de abril de 2011

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Veremunda, hermana de mi abuela Mandrea, era fea, bigotuda, simpática, cariñosa, inteligente, culta y atea. Tal vez por todo eso también era soltera. Vivía en la misma casa de mis abuelos maternos, pero enemistada con ellos, sola y aislada en el único cuarto que tenía ventana para la calle. Para mantener las distancias, entre aquel cuarto y el resto de la casa seguía existiendo el salón principal, convertido en tierra de nadie, y sin que a nadie le importaran las reliquias que allí permanecían, y que a mí me intrigaban: los muebles que recordaban París, el retrato de Alfonso XII, el cuadro del Corazón de Jesús, la alfombra que había sido persa, la cabeza de bronce de Beethoven, los jarrones de porcelana china... En mi memoria no consta que Veremunda saliera alguna vez de su resignado aislamiento. La recuerdo eternamente sentada detrás de la ventana, con el postigo entreabierto, haciendo ganchillo: kilómetros y kilómetros de labores de ganchillo, durante años y años, que salían de sus manos hábiles sin que ella dejara de hablar o de sonreír, cuando hablar o sonreír tenían sentido. Con aquel trabajo, que parecía un simple e interminable entretenimiento, Veremunda se ganaba la vida. A veces vendiendo unos metros de lo que producía. A veces intercambiándolo por comida, jabón, hilos, telas, petróleo, cerillas. La cocina la había improvisado en el interior de un viejo armario empotrado. Para peinarse y laverse la cara y las manos, se valía de un bonito tocador que despertaba envidias. Pero nunca pude saber si el agua también le llegaba por el postigo, como todo lo demás. Y jamás pregunté cómo se las arreglaba para tomar baño completo, para orinar, o para evacuar el vientre.