Con la muerte de Mandrea murió mi pasado más seguro y más bien alimentado. Con la muerte de Perico murió mi sueño de un futuro mejor. Me quedé colgado de la nada, volviendo a torturarme con la duda sobre la existencia de Dios. Con lo que mi padre había sufrido en las sacristías, y con lo que Veremunda me había enseñado sobre Historia de la Religión, era suficiente para no creer. Pero en aquel momento yo tenía que creer en alguna cosa que me ayudara a soportar la falta de horizontes. Y me dejé llevar por el fanatismo religioso que me rodeaba, que era mayoritario entre los vecinos de La Villa. Dejé que don Jesús Fajado, el enemigo de mi padre, manipulara mi conciencia de muchacho asustado. Llegué a creer que era verdad que los candelabros se encendían y se inclinaban respetuosos, para saludarme, cuando yo atravesaba la penumbra de la iglesia vacía. Llegué a confesarle muchas veces, al mismo cura Fajado, todos mis pecados verdaderos e imaginados. Hasta que sentí que él aprovechaba mi sentimiento de culpa, y lo que de mí sabía, para apoderarse de toda mi vida, en la religión y fuera de la religión, en la iglesia y en la calle. Entonces comprendí que un sacerdote es un hombre como otro cualquiera, aunque use sotana y se crea nada menos que representante de Dios en la Tierra. Decepcionado, no volví a engañarme con lo que don Jesús hacía todos los días a la puesta del sol. Iba a visitar a un matrimonio sin hijos que vivía en una casa de dos pisos, a medio camino de la plaza principal y de La Plazuela; mientras él subía, el marido bajaba y se sentaba en el escalón de la calle, a la espera; arriba, la luz del dormitorio se encendía y la ventana se cerraba; media hora después, el cura salía abrochándose la bragueta por debajo de la sotana, y el marido encubridor subía, manso, como si no hubiese pasado nada... Aquello era pecado. Y sabiendo que los curas también pecaban fui con mi madre a escuchar el sermón de Pildain Zapiain, cuando el polémico obispo fue a bendecir la ampliación del cementerio viejo. El tema era la existencia de Dios. Y el obispo, desde lo más alto de la escalinata, con sus ropas al viento, como si bajara del cielo, le preguntó a la multitud, amontonada entre tumbas y cruces, si alguien de los presentes había estado en Roma. La respuesta fue un no multitudinario y delirante, que sirvió a Pildain para hacer una segunda pregunta -para saber si, sin nunca haber estado en Roma, alguien dudaba de la existencia de Roma. Y como escuchó otro no clamoroso, la conclusión fue evidente: si para estar seguros de la existencia de Roma no hacía falta haber estado en Roma, para creer en la existencia de Dios bastaba con la palabra cualificada del predicador que estaba predicando, que no predicaba por casualidad, ni decía cosas sin fundamento... Creo que fue entonces, después de aquel espectáculo de masas, cuando perdí la fe definitivamente...
