No era verdad, no, aquello de que cada recluta iba al destino que había escogido. Y a mí no me destinaron al Juan Sebastián Elcano, como había soñado y pedido, sino al buque tanque Teide, que al parecer me esperaba en el Arsenal de Cartagena. En vez de cruzar los mares volví a viajar en el viejo tren, de Cádiz a Alcázar de San Juan, para volver a viajar hacia el este, en el tren de Levante, sin nunca llegar a Madrid ni a la Puerta del Sol. La única novedad estaba en que, ahora, después de Albacete, los vagones seguían hacia Murcia y no hacia Valencia. En el Arsenal de Cartagena, donde todo, desde los cuarteles a los astilleros, desde los submarinos a los remolcadores, estaba sometido a una rigurosa disciplina militar, fui recibido como "transeúnte". Pues al Teide le faltaba mucho para estar terminado y, por eso, todavía no tenía mandos ni tripulación. Sin barco en que embarcar, sin subordinación alguna, y sin función conocida, durante algún tiempo me transformé en el marinero más libre e indisciplinado que pudiera imaginarse, tanto dentro como fuera del Arsenal. Hasta que, por casualidad, un oficial de Infantería de Marina descubrió que yo era un buen mecanógrafo, con experiencia en Administración Local, y no un pescador de La Graciosa, y en cuestión de horas me destinaron al despacho del Ayudante Mayor (capitán de fragata don José Luis Ortiz-Repiso y Eulate) para trabajar allí mismo en colaboración con Federico Maestre de San Juan y Victoria, cultísimo oficial de la Maestranza. Gané mucho, en todos los sentidos, sin perder independencia, porque me fui a vivir en la propia Ayudantía Mayor, como si viviera en una casa particular, librándome de todas las rutinas disciplinarias que afectaban a la mayoría de los marineros rasos. Tratando a don José Luis Ortiz-Repiso mejoré el concepto que hasta entonces tenía de lo militar y de los militares. Trabajando con Federico Maestre encontré el camino que me trajo hasta lo que ahora soy.
