La bahía de Guanabara había sido descubierta por el explorador portugués Gaspar de Lemos el día 1º de enero (janeiro) de 1502. Y la ciudad que allí se fundó después tomó el nombre de Río de Janeiro (de enero), porque, según la leyenda, los portugueses creyeron que habían llegado a un lugar semejante al Mar da Palha, donde, frente a Lisboa, el río Tajo (Tejo) se encuentra con el océano. Pero la verdad es que en la bahía más bonita del mundo nunca desembocó un río tan importante y determinante como aquel que viene de España y atraviesa Portugal, y Río de Janeiro se siguió llamando Río de Janeiro hasta hoy. Cuento estos detalles porque, sin tener en cuenta la historia y sus consecuencias, el Alberto Dodero llegó a la bahía de Guanabara un 4 de septiembre, tres días antes de la celebración del Día de la Independencia. Llegamos al amanecer, cuando el sol naciente empezaba a iluminar la Urca y el Pan de Azúcar, a babor, y el cuartel-fortaleza de Santa Cruz, a estribor. Sin embargo, aquella bienvenida espectacular duró poco, porque el cielo se encapotó, y la bahía y sus bellezas se perdieron bajo una espesa neblina que no dejaba ver el Cristo, ni los morros, ni nada. Fue como si una noche densa y profunda hubiese llegado de forma equivocada, cuando debía de haber llegado el día claro y transparente. La falta de visibilidad aumentó de tal manera, que al comandante del Alberto Dodero no le quedó otro remedio que fondear el barco para evitar males mayores. Y, con el barco parado, desaparecieron las corrientes de aire y aumentaron el calor y la humedad. Todo hacía pensar que estábamos siendo cocinados al baño maría en las aguas calientes e invisibles que nos rodeaban. Los tripulantes y los pasajeros, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, sudaban como si se derritiesen. Y no exagero. Pues a mí mismo se me derritió bastante la memoria. Me olvidé por completo y por muchos años del idioma español, y desde aquel 4 de septiembre no me acuerdo de todo, como un todo, sino de algunas cosas sueltas, como si la realidad estuviese incompleta o fraccionada. Por eso (presten atención, por favor), desde aquí y hasta el final será mucho más evidente para el lector lo que él ya sabe: que este libro está hecho de pedazos.


