Pero un día inolvidable sucedió lo que tanto habíamos soñado y deseado. Mi tío Perico (mi querido amigo y confidente del otro lado del mundo; el que me mandaba las cartas cariñosas y bien escritas) regresó a Lanzarote, a La Villa y a la casa paterna. Regresó elegante pero envejecido, con dos bonitos baúles en vez de maletas, y con dos cajones enormes repletos de comida y de regalos. En el cajón de los comestibles descubrimos formas, colores, olores y sabores que jamás habíamos imaginado: quesos grandes como ruedas de camión; botellas que parecían adornos de iglesia; latas redondas, cuadradas, triangulares, piramidales, llenas de cosas buenas y difíciles; tarros con aceitunas rellenas; chocolates envueltos y presentados como si fuesen joyas; frutos secos en bolsas transparentes; embutidos sabrosísimos; mermeladas... Y el cajón de los regalos nos trasportó a un mundo fascinante, del futuro, que en la isla de Lanzarote nos parecía de ficción: lápices inagotables que se llamaban esferográficas; pelotas de fútbol que se hinchaban con una jeringuilla; paraguas que se abrían pulsando un simple botón; muñecas que bailaban dándoles cuerda; cañas de pescar extensibles... Con la vuelta de Perico llegamos a creer que, por fin, nos había llegado la hora de ser felices. Y además aprendimos muchas cosas que no sabíamos. Y, por si fuera poco, engordamos de tanto comer mucho y bien... Pero, al mes exacto de estar con nosotros, Perico se fue otra vez para Buenos Aires, para seguir viviendo su vida verdadera con su mujer y sus cuatro hijos argentinos... Aquel adiós tal vez sea el adiós más triste de todos los adioses que recuerdo. Toda mi familia, incluyendo a mi padre, que era el único que no se llevaba del todo bien con Perico, volvió a quedarse sin aliento. Mi abuela Mandrea no volvió a quitarse de la cabeza el pañuelo negro. Yo me quedé con mi vieja obsesión transformada en pensamiento único: calle Talcahuano, número 1645, Villa Maderos, Buenos Aires, República Argentina...
