lunes, 4 de abril de 2011

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A Andreíta, la hermana de mi madre, la recuerdo como si recordara a un fantasma: una figura blanca, amarillenta, vestida de blanco, flotando en la oscuridad de una habitación donde nadie podía entrar, para evitar el contagio de la tuberculosis. Murió joven, vestida de blanco, amarilla, dejando en la cómoda una caja de zapatos llena de cartas de amor y de rosas marchitas... Mi abuela Mandrea siguió amando para siempre a la hija perdida, y nunca perdonó a los que no la amaron tanto como ella. Aquel sentimiento cruzado fue la causa de su enemistad con Veremunda, y de la fría relación con mi madre. El hecho real parece un argumento galdosiano. Para demostrarle a la hija enferma cuánto la quería, Mandrea hizo de tripas corazón y le compró un bellísimo vestido de seda blanco. Vestido de seda blanco que, sin ser casualidad, era el mismo vestido blanco que mi madre había soñado para ir al altar el día de su casamiento. Y, por si fuera poco, Veremunda intervino con un comentario explosivo: "Hermana, le estás dando a la muerte lo que la vida está queriendo y necesitando".