lunes, 4 de abril de 2011

0012

Crecí viendo las fotos de mi tío Perico por todas partes. Aquel joven guapo y elegante era mucho más que el hermano ausente de mi madre; mucho más que el hijo por el que mis abuelos maternos seguían llorando. Para la familia, Perico era algo así como la vida truncada; como la felicidad interrumpida; como el amor hecho pedazos. Cuando emigró para Buenos Aires sólo tenía 16 años de edad. Se fue porque todos los jóvenes se iban; porque fue educado para ser algo más que labrador; porque alguien le dijo que su isla de Lanzarote, un mundo pequeño, en realidad era un infierno grande. Pero se fue sin romper los afectos; sin olvidar nada ni a nadie; sin ocultar el dramático vacío de su ausencia. Y, sin él, los años se hicieron eternidades. Durante décadas mandó cartas y más cartas escritas con mucho cariño y letra perfecta; infinidad de fotos y tarjetas postales; toneladas de revistas. Todo llegaba desde el otro lado del Atlántico, desde el sur del Sur, pero Buenos Aires parecía una ciudad próxima, cercana, de tan comentada, documentada, conocida y vivida. La amistad entre Perico y yo creció y se estrechó en la distancia, como si los dos viviésemos un mismo sueño, en un mismo lugar. La dirección de mi tío se instaló en mi memoria como una obsesión incurable; como un deseo enfermizo: calle Talcahuano, número 1645, Villa Maderos, Buenos Aires, República Argentina. Tardé media vida en darme cuenta de lo que realmente había sucedido: Perico se transformó en el adulto que yo quería ser, y yo me transformé (para todos) en el adolescente que Perico había sido.