lunes, 4 de abril de 2011

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Me iba olvidando de contar dónde nací. Podía haber sido en cualquier lugar. Pero fue en la casa señalada con el número 1 (ahora creo que es el 8) del callejón del Miedo, de la Villa de Teguise, isla de Lanzarote, Archipiélago Canario, España. El nombre del callejón no es casual. Pues se trata de una estrecha callejuela, en forma de ele, escondida detrás de viejos caserones que la ocultan y ensombrecen. Quien entra en ella nunca se siente seguro antes de llegar a la esquina en que cambia por completo de dirección. Nacer marcado por el miedo nunca fue cosa fácil. Pero nacer en Teguise (que suena a te quise), tampoco. La Villa, como la llamábamos y seguiré llamándola, es un pueblo castellano, manchego, que hasta tiene castillo y ya tuvo molinos de viento, plantado de forma equivocada, o al menos sorprendente, en el corazón de una isla perdida en la inmensidad del Atlántico. Esa isla, repito, es Lanzarote: un pedacito de tierra firme formado por la lava negra y agresiva de mil volcanes; una parte pequeña del Archipiélago Canario, que se encuentra muy cerca de África y a medio camino de América, pero que pertenece a la España distante y distinta. Por todo ese laberinto geográfico, además de ser de La Villa yo soy lanzaroteño, canario y español, y también isleño. Lo hago constar porque ser isleño no es una cosa cualquiera. Por lo general, los isleños somos gentes sensibles, susceptibles, y hasta un poco atormentadas por el complejo de inferioridad. Pero, cuando se es isleño de las Islas Canarias, la cosa se complica con la proximidad de África, la vocación americana, la forma de hablar, la incertidumbre hispana, y la influencia internacional, buena y mala.
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