lunes, 4 de abril de 2011

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En la casa del callejón del Miedo vivían tres familias: Maloles, sola, al fondo, en su cuarto oscuro; la familia de mi tío Rodolfo, a la derecha, entrando; y la familia de mi padre, a la izquierda. En el centro había un patio de inspiración andaluza, donde se encontraba el aljibe. El patio, el aljibe, la cocina y el cuarto donde a veces tomábamos baño con una ducha (una especie de regador de plantas colgado en la pared), eran bienes compartidos. Las necesidades fisiológicas las satisfacíamos entre los escombros del "patio de atrás". Todo eso lo recuerdo de una forma borrosa, imprecisa, como si estuviese perdido entre la neblina de una película de terror: un terror difuso causado por las prioridades y derechos de uso de los bienes compartidos. Gastar un poco más o un poco menos de agua podía ser una cuestión de vida o muerte. Al final siempre se imponía la voluntad de Rodolfo, porque al ser el primogénito tenía más autoridad y más capacidad legal de decisión. Para colmo, a mi padre lo movilizaron como soldado tardío del ejército de Franco. Cuando la vida se hizo insoportable mi familia tuvo que abandonar la casa que había sido de Maestro Antonio, y que pasó a ser de Rodolfo, sin que yo sepa hasta hoy lo que sucedió con mi abuela Maloles.