Fuimos a vivir con mis abuelos maternos en la casa de labranza que yo recuerdo como una especie de paraíso descompuesto. Un pedazo de naturaleza, libre y desordenado, fascinante, perfectamente controlado por Mandrea y humanizado por Pedro Peña. Mi padre fue el único que no se adaptó bien. A él no le gustaban ni el campo ni los campesinos. Trabajar con el sol en la espalda, agachado, era algo que no le seducía. Y quien trabaja así -pensaba- sólo puede ser una mala persona. Pero las cosas estaban como estaban y tener techo y comida era una verdadera bendición. Los grandes sobresaltos desaparecieron. La vida se llenó de monotonía; de extraña calma; de una especie de aburrimiento que podía confundirse con el bienestar. Hasta que, de repente, sucedió algo que nos volvió a estremecer. En un rincón apartado de la cocina grande y ennegrecida por el humo, Mandrea matenía una colección de sacos que cuidaba y vigilaba como se cuidan y vigilan los grandes tesoros expuestos al público: sacos bien abiertos, como tentaciones, sin amarrar, llenos hasta arriba de garbanzos, judías, lentejas, millo, chícharos... Y, para que nadie se atreviera a tocar un solo grano, sobre el contenido de cada saco había colocado una docena exacta de huevos crudos... O sea: para meter la mano habría que romper o quitar huevos; y como los huevos eran doce, ni más ni menos... Y fue lo que sucedió. Los huevos empezaron a ser once, diez, nueve, ocho. Alguien se los estaba llevando, sabe Dios para qué, o con qué intención. Las sospechas, por deducción, apuntaban a mi padre. Pero no había pruebas. Y, sin que las hubiera, Maestro Domingo se sintió acusado. Nos fuimos de la casa amada, avergonzados y sin discutir, sin que las docenas dejaran de ser siete, seis, cinco... Ya nos habíamos ido del todo cuando mi abuelo Pedro descubrió que los huevos se los estaba llevando en el rabo peludo una rata grande como un gato...
