La casa nueva no era una casa de dos pisos, ni se encontraba en la plaza principal junto a la iglesia, como le hubiera gustado a mi madre, pero estaba en La Plazuela y tenía algo de modernidad, porque había sido remodelada y mejorada en muchos aspectos, sobre todo en la cocina. Lo que no era poco, en aquellos tiempos y circunstancias. En realidad era la mitad de un caserón enorme, del que habían hecho dos viviendas, dejando entre ambas un patio común, con un aljibe también común. Yo no perdí el contacto con mi abuelo Pedro porque en línea recta sólo nos habíamos alejado un kilómetro. Pero esa fue la distancia -un kilómetro- que separó mi niñez de mi adolescencia. En La Plazuela empecé a vivir otra vida, en otro mundo. La escuela funcionaba mal, y a veces no funcionaba, como consecuencia de la brutal depuración política del Magisterio desatada por la dictadura, pero la tenía al lado. Todo estaba cerca. Todo giraba a mi alrededor, como si yo fuese el centro de todo.
