Mi madre, algo más feliz con su casa nueva y limpia, decidió que a mí me correspondía sacar del aljibe el agua que ella iba necesitando. Y a mí me gustó la idea. Tratar con agua, mojarse, era una suerte en la isla seca y negra donde nunca llovía. Pero además, el patio común era un pequeño jardín donde las plantas y las flores crecían sin otro fin que ser bellas. Sólo allí había colores. El resto de mi mundo conocido era prácticamente gris. En las calles, en los caminos, en las montañas, todo iba del blanco más puro al negro más negro, sin casi nunca pasar por el verde, el amarillo, el azul, el rojo. Hasta el mar era oscuro con espumas blancas. Hasta los niños vestían ropas sin colores. No me había dado cuenta. Me di cuenta cuando percibí que la belleza del patio compartido me atraía -cuando empecé a coincidir con la vecinita de al lado junto al brocal del aljibe. Era la única niña del mundo que tenía lazos rojos en unos tirabuzones dorados. Y además era fuerte como un muchacho, desinquieta, habladora y atrevida. Y para colmo se llamaba Cielito. Establecimos una relación parecida a la amistad de los adultos. Nos pusimos de acuerdo para que los dos fuésemos a buscar agua al mismo tiempo. Hablábamos de todo con la mayor naturalidad. Hasta de cosas complicadas, de las que yo nunca había hablado antes. De sexo y de sexualidad, por ejemplo: de cómo se hacían los niños. Tanto a ella como a mí nos llamaba mucho la atención que "la cosa" de los hombres tuviera infinidad de nombres (algunos horribles) y que "la cosa" de las mujeres fuese tan difícil de nombrar, por falta de nombre. Y entonces fuimos haciendo una lista de palabras que pudiesen servir para solucionar el grave problema del vocabulario insular, hasta dar con la que nos pareció más adecuada: paquinto. Sonaba tan bien, tan fuerte y tan clara (un nombre masculino para la cosa más femenina), que Cielito no pudo contener el entusiasmo y se dedicó a romper macetas y plantas dándoles patadas de alegría. Paquinto!
