lunes, 4 de abril de 2011

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Del otro lado de La Plazuela había una casa grande y bonita que impresionaba un poco porque estaba más alta que las demás. En ella vivía una señora viuda, con tres hijas que parecían tres muñecas de porcelana y con una criada silenciosa y distante llamada Manuela. Vestían y se comportaban como las mujeres solas, decentes, acomodadas y provincianas de la Castilla más oscura y señorial. Despertaban envidia con sus zapatos de charol, sus trajes bordados y sus sombreritos con plumas de aves desconocidas. Pero nadie sabía de dónde sacaban el dinero para tanta compostura y tanto lujo. Para mí, por alguna razón, verlas pasar vestidas de blanco, en grupo, y Manuela de negro, a cinco pasos de distancia, era como ver a lo lejos la Viena de que hablaba Veremunda, o como soñar un sueño imposible, por irreal y efímero. Empecé a sentir un sentimiento extraño, que tal vez fuese amor, por la hermanita más pequeña, que tenía cara de ángel y que andaba con pasos menudos, como si no avanzara, o como si se mantuviera en el aire para no estropear su delicadeza. Hasta que un día pasaron la madre y las hijas vestidas de negro, con mantillas negras, sin la criada. Venían del entierro de Manuela, que había muerto de repente, aunque en paz y en gracia de Dios. Desde aquel momento todo mudó en la casa bonita de La Plazuela. La señora del abanico y las jovencitas almidonadas parecían otras. Dejaron de usar sombreros. Sus zapatos brillaban cada vez menos. Cuando pasaban por la calle ya no dejaban perfumado el aire de La Villa. Y un lunes, la puerta y las ventanas enormes que llamaban mi atención amanecieron completamente cerradas. Las vecinas que despertaban mis sueños se habían ido para siempre, sin despedirse de nadie. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que se supiera toda la verdad. Y la verdad parecía mentira. La casa era el único bien material que doña Soledad (que así se llamaba la madre de las niñas) había heredado de su marido, un profesor poco recordado porque había muerto muy joven y muy enfermo, en tiempos de la República. Y como vender o alquilar un inmueble tan grande y tan bien amueblado era prácticamente imposible en aquellos tiempos, la buena mujer también heredó con la herencia el grave problema de mantener lo heredado. Sin recursos económicos para seguir pagando el trabajo de la criada, lo primero que le pasó por la cabeza fue despedir a Manuela. Pero entonces fue Manuela la que decidió "adoptar" a la señora y a las huerfanitas, para seguir teniendo el placer y la honra de servir a una familia tan principal, sin nunca jamás -claro está- olvidar su origen humilde y su condición de sirvienta. Y a eso se dedicó durante una década interminable, hasta la hora de su muerte: a mantener desde el anonimato más anónimo, con sus ahorros, su subsidio de vejez, su sacrificio personal y su trabajo para terceros, a sus amadas, orgullosas y desafortunadas dueñas.