La relación de mi padre con la Iglesia fue terrible. Fue una especie de guerra sorda que también a mí me afectó, pero que sólo entendí con el pasar de los años. El cura, don Jesús Fajado, necesitaba del sochantre Domingo Hernández Dominguez porque, sin la emoción de la música, y sin la belleza del latín cantado, el negocio parroquial no era rentable. Las misas rezadas, por ejemplo, sin repique de campanas y sin coro en el coro eran gratis. Y, por otro lado, en paralelo, las autoridades impuestas por el régimen franquista no prescindían de la colaboración de Maestro Domingo por simple conveniencia: porque, con esa colaboración, aparentemente incondicional, podían demostrar que no todos los que tenían alguna preparación eran rojos. La contradicción no era fácil de entender. Pues, de hecho, quien ponía y quitaba los alcaldes, los jueces, los maestros, era la Iglesia, de acuerdo con el humor y la simpatía del párroco. El sufrimiento de mi padre era una consecuencia de esa contradicción, que lo mantuvo aterrorizado durante muchos años, por nunca saber si su enemigo mayor se escondía en la sacristía o en el ayuntamiento. Todavía hoy, cuando lo pienso, se me saltan las lágrimas: el cura lo humillaba de todas las formas posibles para que no olvidara el poder de la Iglesia; y en las instituciones le pagaban mal, o no le pagaban, para no desatar las iras del imprevisible sacerdote. Al final, y después de muchas rupturas ocasionales, mi padre rompió para siempre con la Iglesia un día 16 de julio, festividad de Nuestra Señora del Carmen. Cuando acabó la procesión marítima, en la Caleta de Famara, don Jesús Fajado ofreció una especie de almuerzo, con mucho vino de La Geria, a las autoridades presentes y a los fieles que con su esfuerzo personal habían hecho posible el evento. Y, de forma llamativa, provocativa, no convidó a Maestro Domingo, que tuvo que esperar en la playa, bajo un sol de justicia, hasta las cuatro de la tarde, cuando el cura apareció medio borracho, con las llaves del coche que los llevaría de vuelta a Teguise. Se acabó. Desde aquel día, mi padre no volvió a poner los pies en el interior de un templo, ni a tener cualquier relación con Dios, con la Iglesia, o con sus representantes. Cuando las procesiones pasaban por delante de su casa cerraba puertas y ventanas y se ponía a tocar el violín en el piso de arriba. Y cuando las campanas de la torre resonaban justo encima de su azotea (un suplicio) metía la cabeza en un balde de agua, y aguantaba la respiración durante unos minutos, para no oírlas... Lo que sucedió entre mi padre y la Iglesia tuvo mucho que ver (no lo niego) con mi alejamiento creciente de la religión y de toda fe ciega. Y, en buena medida, a la relación que él mantuvo con las instituciones públicas debo yo la suerte de haberme encontrado a mí mismo, descubriendo el mundo.
