Mi otro abuelo, Pedro, el padre de mi madre, era idéntico al Gary Cooper de Solo ante el peligro. Vestía igual. Caminaba igual. Pero no sabía leer ni escribir. Y, sin embargo, contrariando una característica de los canarios, hablaba bien. Tan bien hablaba, que hasta era difícil entenderle. Pues usaba palabras extrañas, tal vez cultas, desconocidas para la mayoría de los lanzaroteños: redundancia, vespertino, concordante, implicado, elocuente, perseverante, inocuo, trifásico, pernicioso, placentero, taciturno, preponderante, verosímil, duplo, duodeno... Hombre discreto y pacífico, resignado, sólo tenía dos vicios: el vicio de fumar y el vicio de conversar. Fumando y conversando podía olvidarse de todo lo demás. Hasta del trabajo, el dinero y la salud, que para él eran cosas remediables con tiempo y paciencia. Su gran problema eran los temas de conversación. Como había vivido una vida sin demasiado interés, en ella no encontraba inspiración suficiente para satisfacer su necesidad de hablar mucho. Por eso le gustaba tanto rezar el rosario después de cenar. Rezando mantenía de alguna forma el diálogo familiar, y además se comunicaba con Dios y con la corte celestial. Lo que más marcó la sensibilidad y la elocuencia de Pedro Peña Pérez fue la guerra de Cuba. Y de aquella guerra, en la que participó en vivo y en directo, habló conmigo durante toda mi niñez y buena parte de mi adolescencia. Yo no recuerdo haber jugado alguna vez, a nada, con los niños de mi edad, en mis primeros años de vida, porque en aquella época dediqué todo mi tiempo disponible a escuchar lo que mi abuelo me contaba sobre sus batallitas cubanas. Oyéndole sin pestañear descubrí al mejor y al más cariñoso amigo que jamás tuve. Aquel abuelo mío conquistó todo mi afecto contándome una mentira maravillosa e interminable. Para que su historia de la guerra de Cuba no se acabara, ni se hiciera pesada, él la reinventaba cada vez que nos encontrábamos. Los dos sabíamos que no era verdad aquello de haber regresado por Lisboa, en un barco cargado de heridos hambrientos, después de haberme dicho muchas veces que había sido por Tenerife, por Cádiz, por Barcelona, por Las Palmas, en circunstancias diversas. Pero también sabíamos que lo importante no era la realidad sino el sueño. Por eso escribo sin miedo y sin exactitud, por el simple placer de escribir. Por eso llevo mis llaves en el mismo gancho de plata que le sirvió a Pedro Peña para colgar su cantimplora de soldado derrotado.
