lunes, 4 de abril de 2011

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No conocí a mi abuelo Antonio, el marido de Maloles, porque murió cuando ya era viejo, teniendo veinte años menos que yo ahora. Pero creo saber cómo era, porque me lo han contado, y porque he podido encontrar más de un indicio de su fuerte personalidad. Siendo sochantre, tocaba el órgano con maestría y cantaba como los ángeles. Para compensar de alguna forma su complejo de hijo natural pretendía que el mundo y la vida fuesen perfectos, y exigía el máximo rigor en el terreno de la moral. Por eso, en las fotografías de la familia no aparecían nunca las hijas. Para él, que una mujer soltera se retratara no era cosa decente. Y la palabra dada la entendía como un compromiso de vida o muerte. Una vez decidió vender el caballo que tenía, para cambiarlo por otro que le sirviera mejor en sus constantes traslados de una parroquia a otra, y, algún tiempo después, el vecino que le compró el animal fue a pedirle un recibo por el importe pagado. Y Maestro Antonio le respondió dándole una paliza casi mortal, en la plaza de La Villa, a la salida de misa. Mi temido abuelo no aceptaba que un papel firmado pudiese ser más serio y creíble que su palabra de hombre intachable. Muchas veces me he preguntado, y me pregunto ahora, si la locura de Maloles Domínguez tuvo algo que ver con la trastornada severidad de Antonio Hernández, o viceversa.