Siempre supe que el alma inmortal de que hablaban los curas no era otra cosa que los recuerdos (los rastros de vida) dejados en este mundo por quienes se iban al otro: hijos, libros, fotos, herencias, amistades, obras, amores... Pero, la verdad sea dicha, aquel tipo de alma inmortal era muy frágil, porque con el tiempo todo acababa y todo se olvidaba. Así eran las cosas hasta que llegaron las nuevas tecnologías, que sí permiten mantener bastante viva y conservada el alma de cualquiera. Ahora, con un buen computador, los muertos pueden seguir aquí, en la Tierra, hablando como hablaban, y haciendo casi todo lo que hacían, sin ni siquiera envejecer. Me di cuenta de la asombrosa posibilidad mientras daba un paseo desde mi casa madrileña, en la Fuente del Berro, hasta el cementerio de La Almudena, atravesando el barrio de La Elipa. De pronto, mientras contemplaba el Pirulí (la torre de la televisión), comprendí que mi alma podía ser inmortal, de verdad, si yo fuese capaz de almacenar en la memoria de mi computador todo lo que había escrito, leído, dicho, creído, pagado, firmado, filmado, fotografiado, sufrido, visto, amado, odiado, pintado, grabado, estudiado, enseñado, guardado, coleccionado, vivido... Y me dediqué durante meses, antes de regresar a la América feliz, a poner en práctica la ingente tarea de resucitarme para siempre, sin necesidad de morirme por anticipado. Al final guardé toda mi alma pasada y presente en un simple pen drive de pocos centímetros de tamaño. Un milagro. Hasta hoy (no importa la fecha), cuando en mi oficina de São Paulo descubrí que en el pen drive no había nada. Ahora sé, sin dudas, que ya no tengo un alma completa que pueda ser inmortal. Sólo me quedan pedacitos de nada.
