lunes, 4 de abril de 2011

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Sin estar seguro de nada no estoy seguro de cual pudiera ser mi recuerdo más remoto. Pero podría ser el de mi abuela Maloles, la madre de mi padre: un cuarto oscuro, azul marino, sin cama, sin armario y sin sillas; al fondo, nada más que una mesa; sobre la mesa, una lata grande y redonda de sardinas; y ella, Maloles, en la puerta, vestida de negro, con el pelo blanco, gesticulando y gritando como una loca evidente, pidiendo que la lleven con urgencia para Sardina, una aldea marinera de Gran Canaria en la que nunca ha estado ni sabe dónde queda. Después, tal vez por ese penoso recuerdo, que puede y no puede ser verdad, yo no he dejado de soñar, como mi abuela, con lugares lejanos y desconocidos. Siempre he pensado que la felicidad se encuentra en otro lugar, distinto al mío. Y siempre he sentido un pánico irremediable ante la locura y los locos. El horror de las mentes enfermas es lo que más me asusta.