lunes, 4 de abril de 2011

0001

Hay palabras que me inquietan: eternidad, infinito, memoria. Lo que permanece para siempre, desconociendo la muerte. Lo que no puede medirse, porque no tiene tamaño. Lo que se recuerda, con independencia de que exista o de que haya existido. Mi memoria, por ejemplo, es un caos en el que nada es cierto ni incierto; en el que nada está ordenado de alguna forma; en el que todo entra, sale, se transforma o desaparece caprichosamente. En cambio, la memoria de mi computador es perfecta. En ella sólo se recuerda lo que yo quiero que se recuerde. Y se recuerda por fechas, por temas, por capítulos, de forma inmutable, hasta que a mí me convenga otra cosa. Soy yo quien decide lo que la memoria de mi computador debe guardar, cómo, y hasta cuándo. Pero no puedo hacer lo mismo con mi propia memoria. Lo más reciente puede ser lo que menos recuerde. Lo más importante a veces se pierde en los espacios menores. Lo verdadero y lo imaginado se confunden. Lo doloroso desaparece con frecuencia. Lo bello y feliz suele transformarse, hasta convertirse en gratas mentiras, difíciles de evitar. Los nombres y las fechas se me olvidan más que las formas. Lo que va quedando en el fondo de ese caos no me permite estar seguro de haber vivido o de estar viviendo. A veces pienso de mí mismo como si pensara de un ser extraño, distante e incompleto que se aleja del tiempo y de la realidad. Por eso no comprendo lo que otros escriben de todo y de todos, con perfección, yendo del principio al fin con un orden, una precisión y una pulcritud que para mí son envidiables. Si mi memoria es un caos, yo sólo puedo ser auténtico escribiendo caóticamente.