lunes, 4 de abril de 2011

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Mi abuela Mandrea era prima hermana de su marido, mi ebuelo Pedro. Pero no se parecía nada con él, entre otras cosas, porque era bajita y mandona, y porque sabía leer, escribir y hacer cuentas con piedrecitas, garbanzos o botones. De haber vivido en otro mundo y en otra época, seguramente habría sido banquera. Con sólo cuatro baldes de agua que el marido le traía diariamente de Las Eritas, ella hacía la comida, levaba la loza y la ropa, garantizaba la higiene personal, regaba las plantas, y daba de beber a los animales, que a veces eran muchos. Cocinaba bien, porque su familia había sido la propietaria del primer hotel importante que hubo en Arrecife. No era buena costurera, pero -con perdón- nadie vestía mejor que los suyos cuando de vestir bien se trataba. Las cosas de comer, abundantes, variadas y deliciosas, las preparaba ella misma haciendo malabarismos con los alimentos producidos en su propia casa o en las tierras cultivadas por el esposo hablador. Para ello sólo tenía que comprar aceite, sal y azúcar, además de fósforos para encender el fuego. Y ahí estaba el problema: en que, para comprar cualquier cosa, hacía falta dinero, un bien escaso y escurridizo. Dinero. El dinero lo conseguía mi abuela Mandrea con dificultad, vendiendo algún excedente de lo que poseía (cereales, quesos, dulces, papas, leche, frutas, gallinas, huevos, cabritos) a los vecinos que también padecían la epidemia del escaso poder adquisitivo; o rifando pañuelitos bordados; o explotando una imagen itinerante de la Virgen Santísima, que hacía milagros a cambio de las limosnas que recibía de los creyentes que la iban acogiendo; o comercializando los escapularios que fabricaba con sus manos gorditas, y que yo mismo iba ofreciendo de puerta en puerta, en cajitas forradas de terciopelo.