lunes, 4 de abril de 2011

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El nombre de mi madre era María Peña Díaz, pero la llamaban Maruca. Y de ella no tengo mucho que decir, porque de ella, por algún motivo, no recuerdo nada extraordinario. Que yo sepa, su mayor azaña fue la de traer dos hijos al mundo, sin saber exactamente por qué ni para qué. De joven había sido muy guapa. Y con los años se fue convirtiendo en un ser insatisfecho. Quería ser lo que no era. Quería tener lo que no tenía. Y lo que más quería, sobre todo, era vivir en el lugar más céntrico de una ciudad grande, en una casa de dos pisos, para sentirse por encima de las muchedumbres callejeras y sudorosas. Lo segundo lo consiguió antes que lo primero, cuando mi padre le compró el viejo caserón de la plaza, junto a la iglesia, en La Villa, y ella pudo ver cómo las procesiones, y hasta el mismo Espíritu Santo, transitaban bajo su mirada. Lo primero (el centro de la ciudad grande) solamente lo consiguió en parte, después de haberse quedado viuda, e irse a vivir a un barrio popular de Las Palmas de Gran Canaria, donde murió sola, amarga y olvidada.